Cuentos populares
Cuentos populares El ayudante del batallón, un alférez muy joven que hacía poco había salido de la escuela de los junkers, era un muchacho modesto y tranquilo, de agradable rostro, tímido y bondadoso. Ya me había encontrado con él otras veces en casa de Boljov. Cuando venía, solía saludar y sentarse en un rincón, donde permanecía varias horas seguidas haciendo cigarrillos y fumándolos; después se levantaba, se despedía y se marchaba. Era el prototipo del noble ruso sin bienes, que elige la carrera de las armas como la única adecuada a su educación y que considera la graduación militar como la cosa más elevada del mundo. Un tipo ingenuo y simpático, a pesar de la bolsita para el tabaco, el batín, la guitarra y el cepillito para el bigote, objetos ridículos con los que nos lo imaginábamos. En el regimiento contaban que se enorgullecía de mostrarse justo, aunque muy severo con su asistente. Solía decir: «Castigo rara vez, pero cuando me obligan a ello, soy muy duro». Una vez que su ordenanza, estando borracho, le robó y hasta le insultó, el alférez lo llevó al cuerpo de guardia y ordenó que preparasen todo para castigarle; pero, al ver los preparativos, se turbó tanto que sólo pudo decir: «Ya ves, ahora podría…» y, muy azorado, corrió a su casa. Desde entonces, tuvo miedo de mirar a los ojos a Chernov. Sus compañeros no le dejaban en paz y se burlaban de su proceder; varias veces oí que se defendía, asegurando que eso no era verdad, rojo hasta las orejas, lo mismo que un chiquillo ingenuo.