Cuentos populares

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El tercero, el comandante Trosenko, era un viejo caucasiano en toda la extensión de la palabra; es decir, un hombre para quien el regimiento que mandaba había llegado a ser como su propia familia; la fortaleza, donde se encerraba la guarnición, su patria, y los cantores, el único placer de su vida. Para él, todo lo que no fuera el Cáucaso merecía desprecio; en cambio, el Cáucaso se dividía en dos partes: la nuestra y la otra. Adoraba a la primera y aborrecía con todas las fuerzas de su alma a la segunda. Ante todo, era un hombre de valor templado y sereno, de una bondad extraordinaria hacia sus compañeros y sus subalternos y de una rectitud rayana en crueldad hacia los ayudantes y los de buena estrella, a los que aborrecía sin saber por qué. Al entrar en la choza, estuvo a punto de romper el techo con la cabeza; pero después, de pronto, tomó asiendo en el suelo.

—¿Qué hay? —preguntó; pero al ver mi rostro, que le era desconocido, se interrumpió fijando en mí sus ojos turbios y penetrantes.

—¿De qué hablaban? —preguntó el mayor, sacando el reloj y consultando la hora. Yo estaba persuadido de que no tenía por qué hacerlo.

—Me preguntaba por qué estoy aquí.

—Lo que quiere Nikolai Fiodorovich es distinguirse en el Cáucaso y luego marcharse a su casa.

—Y usted, Abrahán Ilich, ¿por qué sirven en el Cáucaso?


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