Cuentos populares

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Junto a nosotros se oían ronquidos regulares, el crujido de las ramas del fuego, conversaciones en voz baja y, de cuando en cuando, el entrechocar de los fusiles de la infantería. Por doquier llameaban las piras, que iluminaban en torno suyo las negras figuras de los soldados. Yo divisaba, en los lugares iluminados más cercanos, las figuras desnudas de los soldados que sacudían sus camisas por encima de las llamas. Aún había muchos soldados que no dormían, moviéndose y hablando en un espacio de quince sajenas cuadradas; la noche, oscura y tenebrosa, daba un carácter misterioso a todo aquel movimiento; era como si todos percibiesen aquel silencio sombrío y temiesen romper su serena armonía. Cuando empecé a hablar, observé que mi voz tenía un timbre distinto. Leí en los rostros de los soldados un estado de ánimo como el mío. Pensé que, antes de mi llegada, habían estado hablando del compañero herido; pero nada de eso: Chikin hablaba de la recepción de objetos de Tiflis y de los del Cuerpo de Aduana.







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