Cuentos populares

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Siempre he observado, sobre todo en el Cáucaso, el tacto especial de nuestros soldados de callar ante el peligro y evitar cuanto pudiera tener una influencia desfavorable en el ánimo de sus compañeros. El espíritu del soldado ruso no es como el de los pueblos del Sur, que se dejan llevar por el entusiasmo y se enfrían en seguida. Al ruso es tan difícil inflamarlo como obligarle a perder el ánimo. No necesita grandes efectos, discursos, gritos guerreros, canciones ni tambores, sino, por el contrario, tranquilidad, orden y evitar todo lo que pueda ponerle en tensión. En el soldado ruso, en el verdadero soldado ruso, no se observa jamás petulancia, fanfarronería, deseo de cegarse ni de inflamarse durante el peligro; al contrario, sus rasgos característicos son la modestia, la sencillez y la capacidad de ver en el peligro algo muy distinto de lo que es en realidad. He visto a un soldado herido en una pierna que en el primer instante, sólo lamentaba que le hubieran roto la pelliza nueva, y a un jinete, cuyo caballo cayó muerto cuando lo montaba, desatando la cincha para quitar la silla. ¿Quién no recuerda aquel caso del sitio de Guerguebil? En el laboratorio se inflamó la espoleta de una bomba cargada y el polvorista ordenó a dos soldados que la arrojasen al barranco. Pero éstos no la tiraron allí; porque estaba cerca la tienda del coronel; y al llevarla más lejos ambos perecieron destrozados. También recuerdo que, en una expedición, en el año 1852, uno de los soldados jóvenes dijo, durante el combate, que la sección no saldría viva de allí; todos se le echaron encima llenos de ira, porque había pronunciado una frase que no querían ni oír. Ahora, cuando en el alma de cada uno debía hallarse el recuerdo de Velenchuk y, cuando, de un momento a otro, podía llegar una descarga de los tártaros, todos escuchaban el relato de Chikin. Ninguno mencionaba el último combate, el peligro inminente, ni al herido, como si todos estos hechos hubiesen acontecido Dios sabe cuándo o no hubiesen ocurrido nunca. Sin embargo, me pareció que sus semblantes estaban algo más taciturnos que de ordinario y no escuchaban con mucha atención a Chikin, de lo que él mismo se daba cuenta aunque seguía hablando.


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