Cuentos populares

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«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal. Amen».

En el año 45, uno de nuestros soldados recibió una herida igual que la de éste —dijo Antonov cuando nos hubimos cubierto y sentado junto al fuego—. Durante dos días lo llevamos en nuestro cañón… ¿Recuerdas a Chevchenko, Jdanov?… Luego lo dejamos al pie de un árbol.

En aquel momento, un soldado de infantería, de enormes patillas y bigotes, se acercó a nuestra hoguera con su fusil y su mochila.

—Paisanos ¿me dan fuego para encender la pipa?

—Enciéndela. Hay bastante lumbre —replicó Chikin.

—Probablemente hablaba usted de Dargo —dijo el soldado a Antonov.

—Sí; me refería al año cuarenta y cinco, a la lucha que hubo allí —replicó Antonov.

El soldado movió la cabeza, entornó los ojos y se puso en cuchillas, junto a nosotros.

—¡Aquello fue tremendo! —observó.


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