Cuentos populares
Cuentos populares —¡Asà son ustedes, los jóvenes de hoy dÃa! No ven nada excepto el cuerpo. En nuestros tiempos era distinto. Cuanto más enamorado estaba, tanto más inmaterial era Varenka, para mÃ. Ustedes sólo ven los tobillos, las piernas y otras cosas; suelen desnudar a la mujer de la que están enamorados. En cambio, para mÃ, como decÃa Alfonso Karr —¡qué buen escrito era!— el objeto de mi amor se me aparecÃa con vestiduras de bronce. En vez de desnudar a la mujer, tratábamos de cubrir su desnudez, lo mismo que el buen hijo de Noé. Ustedes no pueden comprender esto…
—No le haga caso; siga usted —intervino uno de nosotros.
—Bailé casi toda la noche, sin darme cuenta de cómo pasaba el tiempo. Los músicos ya repetÃan sin cesar el mismo tema de una mazurca, como suele suceder al final de un baile. Los papás y las mamás, que jugaban a las cartas en los salones, se habÃan levantado ya, en espera de la cena; y los lacayos pasaban, cada vez con mayor frecuencia, llevando cosas. Eran más de las dos de la madrugada. Era preciso aprovechar los últimos momentos. Volvà a invitar a Varenka y bailamos por centésima vez.
—¿Bailará conmigo la primera cuadrilla, después de cenar? —le pregunté, mientras la acompañaba a su sitio.