Cuentos populares
Cuentos populares —Desde luego, si mis padres no deciden irse en seguida —me replicó, con una sonrisa.
—No lo permitiré —exclamé.
—Devuélvame el abanico —dijo Varenka.
—Me da pena dárselo —contesté, tendiéndole su abanico blanco, de poco valor.
—Tenga; para que no le dé pena —exclamó Varenka, arrancando una pluma, que me entregó.
La cogÃ; pero únicamente pude expresarle mi agradecimiento y mi entusiasmo con una mirada. No sólo estaba alegre y satisfecho, sino que me sentÃa feliz y experimentaba una sensación de beatitud. En aquel momento, yo no era yo, sino un ser que no pertenecÃa a la tierra, que desconocÃa el mal y sólo era capaz de hacer el bien.
Guardé la pluma en un guante; y permanecà junto a Varenka, sin fuerzas para alejarme.
—FÃjese; quieren que baile papá —me dijo señalando la alta figura de su padre, un coronel con charreteras plateadas, que se hallaba en la puerta de la sala con la dueña de la casa y otras damas.
—Varenka, ven aquà —oÃmos decir a aquélla.
Varenka se acercó a la puerta y yo la seguÃ.
—Ma chère, convence a tu padre para que baile contigo. Ande, haga el favor, Piotr Vasilevich —añadió la dueña de la casa, dirigiéndose al coronel.