Cuentos populares
Cuentos populares En efecto, conocía al ayudante de hace varios años; más de una vez lo había visto jugando cantidades demasiado grandes, dadas las posibilidades de los oficiales; y me maravillaba su hermosa fisonomía, algo taciturna, siempre inalterable y serena, su pronunciación lenta de ucraniano, los bellos objetos y los caballos que poseía, su gallardía y, sobre todo, el que supiera llevar el juego con tanto dominio y tanta precisión. Reconozco que, más de una vez, al contemplar sus blancas manos regordetas y la sortija con brillante que llevaba en el dedo índice, me irritaba contra esa sortija, contra esas manos blancas, que me mataban carta tras carta, y contra la persona del ayudante; y me acudían malos pensamientos. Pero después, al reflexionar fríamente, me persuadía de que sólo se trataba de un jugador más inteligente que otros con los que me había tocado en suerte jugar. Tanto más, cuanto que al oír sus juicios sobre el juego resultaba claro que ganaba sólo por ser más inteligente y tener un carácter más firme que nosotros. Y ahora, este jugador tan comedido había perdido, no sólo todo el dinero que poseía, sino hasta sus cosas, lo que significaba una pérdida de sumo grado para un oficial.
—Tiene una condenada suerte siempre que juega conmigo —continuó el teniente O***—. Me he dado palabra de no volver a jugar con él.