Cuentos populares
Cuentos populares —¡Qué gracia tiene usted, padrecito! —exclamó Sh***, haciéndome un guiño y dirigiéndose al teniente O***—. Ha perdido jugando con él unos trescientos rublos, ¿no es eso?
—Más —replicó el enojado teniente.
—Y ahora es cuando se ha dado cuenta; pero ya es tarde, padrecito. Desde hace mucho, todos saben que es el tramposo del regimiento —continuó el capitán, sin poder contener la risa y muy satisfecho de su salida—. Guskov es testigo; hasta le dispone las cartas. Por eso son amigos, padrecito… —y se echó a reÃr con expresión bondadosa, temblándole todo el cuerpo, de manera que derramó la copa de glintvein que tenÃa en la mano.
El amarillento y enjuto rostro de Guskov se cubrió de ligero rubro; varias veces abrió la boca, se llevó las manos al bigote y las bajó al lugar donde debÃan estar los bolsillos, se incorporó, se volvió a sentar; y, finalmente, dijo con una voz alterada, que no parecÃa la suya:
—Nikolai Ivanovich, no se trata de una broma; dice usted unas cosas delante de personas que no me conocen y me ven con esa pelliza… porque…