Cuentos populares

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—Vale más, no obstante, que haya sido así, pues obtuve lo que tenía merecido, pero no nos detengamos más en esto. Lo que quería decir es que las pobres jóvenes son las engañadas en este caso, y las madres lo saben porque los maridos no ignoran lo que ocurre. Fingen una creencia grande en la pureza de los hombres y obran como si ésta fuese realidad. Conocen perfectamente los celos a los que pueden apelar para atraer a los hombres hacia ellas y hacia sus hijas. En cambio, nosotros, los hombres, lo ignoramos por poca voluntad de aprender. Las mujeres saben que el amor más puro, el más poético como se dice, no depende esencialmente de las facultades morales, sino de aproximaciones carnales, de la manera de peinarse, y del color o del corte de los trajes. Preguntadle a una coqueta experimentada que se haya propuesto conquistar a un hombre qué es lo que prefiere, que ante ese hombre prueben que mintió, que fue cruel o disoluta, o bien que la presenten ante él en un momento en que se halle ataviada con un vestido de mal gusto o mal cortado, y todas preferirán la primera alternativa. Les consta que mentimos de una manera indigna al hablar de la pureza de nuestros sentimientos, que es sólo su cuerpo lo que nos tienta y que mejor pasaremos por alto un defecto cualquiera que un vestido de mal gusto o mal cortado. La coqueta lo hace sin pensarlo, instintivamente; por lo mismo se pone esos odiosos vestidos ceñidos, toma ciertas posturas y usa esos tocados que le permiten llevar al descubierto hombros, brazos y pecho.


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