Cuentos populares
Cuentos populares Recordé nuestro primer encuentro. En al año 48, durante mi estancia en Moscú, frecuentaba a mi antiguo amigo Ivashin, con el que me había educado. Su esposa era lo que suele llamarse una buena ama de casa, una mujer muy amable; pero nunca me había gustado… Aquel invierno en que la conocí, a menudo solía hablar con orgullo mal disimulado de su hermano, que había acabado recientemente sus estudios y era, al parecer, uno de los jóvenes más cultos y más apreciados en la buena sociedad petersburguesa. Como yo conocía de oídas al padre de los Guskov, un hombre muy rico, que ocupaba un importante cargo, y como conocía las inclinaciones de la Ivahina, acogí a Guskov con prevención. Una noche me encontré en casa de Ivashin con un joven de mediana estatura y aspecto agradable, que llevaba frac, chaleco y corbata blancos, a quien el dueño de la casa se olvidó de presentarme. El joven, que por lo visto se disponía a ir a un baile, se hallaba en pie junto al dueño de la casa, con el sombrero en la mano, discutiendo acaloradamente acerca de un conocido común nuestro que se había distinguido por aquella época en la campaña húngara. Guskov decía que ese joven no era ningún héroe, ni siquiera un hombre nacido para la guerra, como decían, sino sencillamente culto y capacitado. Recuerdo que tomé parte en la discusión, llevándole la contraria a Guskov y llegué a arrebatarme hasta el punto de querer demostrarle que la inteligencia y la cultura están siempre en razón inversa con la valentía. De un modo hábil y agradable, Guskov trató de persuadirme de que el valor es una consecuencia inevitable de la inteligencia y de cierto grado de desarrollo, en lo que yo no podía por menos de estar de acuerdo en mi fuero interno, al considerarme inteligente y culto. Hacia el final de nuestra conversación, la Ivashina me presentó a su hermano, el cual, sonriendo, con expresión condescendiente, me tendió su pequeña mano, que aún no había calzado con el guante de gamuza y, lo mismo que ahora, estrechó la mía débilmente y con indecisión. Aunque estaba mal predispuesto contra Guskov, no pude por menos de ser justo y reconocer que su hermana tenía razón al decir que era un joven agradable e inteligente. Era extremadamente pulcro, vestía elegantemente y sus modales resultaban sencillos y revelaban seguridad en sí mismo. Su aspecto era muy joven, casi infantil; por eso se le perdonaba sin querer su expresión de suficiencia y su deseo de mostrarse superior ante los demás, lo que constantemente reflejaba a su rostro y, sobre todo, su sonrisa. Se decía que aquel invierno había tenido muchos éxitos entre las damas de Moscú. Viéndolo en casa de su hermana, tan sólo por esa constante expresión de superioridad y suficiencia, y por los relatos a veces inmodestos que solía hacer, puede deducir hasta qué punto era verdad. Me encontré con él unas seis veces y hablamos mucho o, mejor dicho, era él quien hablaba. Casi siempre conversaba en francés, expresándose muy bien, armoniosa y gráficamente, y sabía interrumpir a los demás con mucha cortesía. En general, me trató como trataba a todos, con bastante altivez, y yo, cosa que me ocurre siempre con los que están convencidos de que deben hacerlo así y a los que conozco poco, pensé que Guskov tenía toda la razón.