Cuentos populares

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Hasta donde pude examinar su rostro en la oscuridad, me pareció profundamente pensativo y apenado.

—En absoluto —contesté, pero como él no iniciaba la conversación y yo no sabía qué decirle, estuvimos andando en silencio durante bastante rato.

El crepúsculo había dado paso desde hacía rato a la oscuridad de la noche; por encima de la silueta negra de las montañas lucía la radiante luna. En el cielo invernal azul pálido brillaban pequeños luceros. Por doquier se veía el resplandor rojo de las hogueras humeantes y cerca de nosotros se divisaban las tiendas grises y negreaba sombrío el terraplén donde estaba emplazada nuestra batería. La hoguera más cercana, junto a la que se calentaban nuestros asistentes hablando en voz baja, iluminaba de cuando en cuando el cobre de nuestros pesados cañones y la figura del centinela, que, con el capote echado por los hombros, paseaba acompasadamente a lo largo del terraplén.

—No se puede figurar la alegría que me proporciona hablar con una persona como usted —me dijo Guskov, aunque todavía no había hablado nada conmigo—. Eso sólo lo puede comprender un hombre que haya estado en mi situación.

No supe qué contestarse y de nuevo permanecimos callados, a pesar de que era evidente que Guskov deseaba desahogarse conmigo, y yo escuchar lo que me dijera.


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