Cuentos populares

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—¿Y qué? He ido otras veces, e iré también ahora si me lo ordenan —balbució.

—Se lo ordenarán.

—Pues iré. ¿Qué tiene eso de particular?

—Sí, hará lo mismo que en Argun, donde arrojó el fusil y echó a correr —dijo el ayudante; y, volviéndose, nos transmitió la orden para el día siguiente.

En efecto, se esperaba el ataque del enemigo aquella noche y una batalla para el día siguiente. Después de charlar un rato de diversas cosas, el ayudante le propuso al teniente O*** jugar una partidita, como si se acordase de ello en aquel momento por casualidad. Éste accedió inesperadamente y ambos, acompañados del capitán Sh*** y del alférez, se dirigieron a la tienda de Paviel Dimitrievich, el cual tenía una mesita verde plegable y cartas. El capitán, que era comandante de nuestra sección, se fue a dormir a la tienda, los demás se retiraron también y yo me quedé con Guskov. No me había equivocado: en efecto, me sentía molesto a solas con él. Involuntariamente, me levanté y me puse a pasear de arriba abajo. Guskov se puso a mi lado, en silencio; y se volvía a la vez que yo, apresurado e inquieto, para no quedarse rezagado o para no adelantarse.

—¿No le molesto? —me preguntó con voz tímida y triste.


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