Cuentos populares

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—Porque soy un miserable. Esta vida me ha aniquilado. Ya no sufro con orgullo, sino indignamente; ya no me queda dignité dans le malheur (dignidad en la desgracia). Me humillan a cada instante; lo tolero todo y hasta doy pie. Esa vileza a deteint sur moi (me domina); me he vuelto grosero, he olvidado lo que sabía no puedo hablar francés, noto que soy un miserable. No puedo luchar en esas condiciones, me es completamente imposible. Tal vez fuese un héroe si me pusieran al mando de un regimiento, me dieran charreteras doradas, cornetas, etcétera. En cambio, me enloquece tener que avanzar junto al salvaje Antón Bondarienko, pensando que no hay ninguna diferencia entre nosotros y que nos pueden matar a cualquiera de los dos. Ya puede usted comprender lo horrible que es que un desarrapado me mate a mí, a un hombre que piensa y siente, cuando hubiera sido lo mismo matar al que está a mi lado, a Antón, un ser que no se diferencia en nada de un animal. Sin embargo, es fácil que, precisamente, caiga yo, porque siempre suele haber une fatalité para todo lo elevado y todo lo bueno. Sé que me tachan de cobarde; realmente lo soy, y no puedo ser de otra manera. Y no sólo un cobarde, sino, según ellos, un mendigo y un hombre despreciable. Acabo de pedirle dinero y tiene usted derecho a despreciarme. Pero tenga, quédese con su dinero —añadió, tendiéndome el billetito arrugado—. Quiero que me respete.


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