Cuentos populares

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No dijo nada más; y no sé dónde ni cuándo desapareció, en un instante.

En la tienda del capitán se encendió una vela y se oyó su tos habitual de cuando se despertaba. No tardó en salir y pidió fuego para encender su pequeña pipa.

—Está visto, padrecito, que hoy no quieren dejarme dormir —dijo, sonriendo. Tan pronto es usted con su degradado; tan pronto, Shamil. ¿Qué vamos a hacer? ¿Les contestamos o no? ¿No han dado ninguna orden?

—No. Ahí vienen otros dos —dije.

En efecto, a mano derecha, brillaron en la oscuridad dos luces semejantes a dos ojos y no tardó en volar por encima de nosotros un proyectil de obús y una granada, que probablemente era nuestra, con un silbido penetrante. Los soldados salieron de las tiendas vecinas y se les oyó charlar, desperezarse y carraspear.

—¡Vaya! Parece un ruiseñor —observó un artillero.

—Llamad a Nikita —ordenó el capitán con su habitual sonrisa bondadosa—. ¡Nikita! No te escondas. Ven a escuchar a los ruiseñores de la montaña.

—Excelencia —dijo Nikita, deteniéndose junto al capitán—. Conozco a esos ruiseñores y no los temo. En cambio, el invitado que acaba de estar aquí se ha bebido nuestro chijir; pero al oírlos cantar ha echado a correr como un gamo.


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