Cuentos populares

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Mientras Nikita preparaba el lecho, nos levantamos y empezamos a recorrer de nuevo la batería en la oscuridad. En efecto, Guskov debía de tener la cabeza muy débil porque se tambaleaba después de haber bebido dos copas de vodka y unos vasos de chijir. Cuando nos apartamos de la vela, noté que Guskov, tratando de que no lo viera, introdujo de nuevo en el bolsillo el billetito que había tenido en la mano mientras hablaba. Luego me dijo que aún podría rehabilitarse si tuviera a su lado un hombre como yo, que se tomara interés por él.

Nos disponíamos a entrar en la tienda para acostarnos cuando, de pronto, silbó un proyectil y cayó cerca de nosotros, incrustándose en el suelo. Todo era tan extraño: el campamento tranquilo, dormido, nuestra conversación y, de pronto, aquella bala enemiga, que Dios sabe de dónde venía para caer en medio de nuestras tiendas, que durante mucho rato no puede darme cuenta de lo que había ocurrido. Nuestro soldadito Andreiev, el centinela en la batería, se acercó a mí.

—¡Qué manera de colarse! He visto el fuego aquí mismo —me dijo.

—Hay que despertar al capitán —exclamé, echando una mirada a Guskov.

Inclinado hacia el suelo, Guskov tartamudeaba tratando de decir algo.

—El… enemigo… es…, da risa…


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