Cuentos populares
Cuentos populares La tienda del comandante estaba a una media versta y el camino se extendía entre lasa tiendas de campaña. En cuanto me alejé de nuestra hoguera, la oscuridad fue tan grande que ni siquiera divisaba las orejas del caballo; veía tan sólo las llamas de las hogueras, que ora parecían estar muy cerca ora muy lejos. Cabalgué un trecho con las bridas sueltas, dejándome guiar por el caballo, y empecé a distinguir las blancas tiendas rectangulares y, luego, las rodadas negras del camino. Al cabo de media hora, después de haber preguntado tres veces, de haber tropezado dos con las estacas de las tiendas (lo que me valió oír una serie de invectivas) y de haber sido detenido un par de veces por los centinelas, llegué a la tienda del comandante. Mientras cabalgaba, había oído otros dos disparos dirigidos a nuestro campamento; pero los proyectiles no llegaron al lugar en que estaba emplazado el cuartel general. El comandante ordenó que no contestáramos a los disparos, tanto menos cuanto que el enemigo había cesado de hacer fuego. Regresé a pie entre las tiendas de campaña de infantería, llevando el caballo por las bridas. Más de una vez me detuve junto a alguna tienda en la que se veía luz, para escuchar una anécdota que contaba algún chistoso o la lectura de un libro por algún soldado que sabía leer y al que escuchaba toda una sección agolpada en la tienda y junto a ella, y al que, de cuando en cuando, interrumpía alguien para hacer alguna observación; o bien las charlas acerca de la campaña, de la patria o de los jefes.