Cuentos populares
Cuentos populares Al pasar junto a una tienda del tercer batallón, oà la sonora voz de Guskov, que hablaba alegre y animado. Le contestaban unas voces jóvenes, también alegres, que no era de soldados. DebÃa de ser la tienda de los junkers o de los sargentos. Me detuve.
—Hace mucho que lo conozco —decÃa Guskov—. Cuando yo residÃa en San Petersburgo, me visitaba a menudo y también yo a él. PertenecÃa a la alta sociedad.
—¿A quién te refieres? —preguntó una voz de borracho.
—Al prÃncipe —contestó Guskov—. Somos parientes y, sobre todo, antiguos amigos. Ya saben ustedes, señores, que conviene mucho tener un amigo asÃ. Es muy rico. Para él no supone nada cien rublos de plata. Acabo de pedirle una pequeña cantidad hasta que mi hermana me mande dinero.
—¡Anda, dile que vaya!
—Ahora mismo. Savelich, amigo —dijo Guskov, acercándose a la puerta de la tienda— coge estos diez rublos y ve a la cantidad a traer dos botellas de vino. ¿Qué más quieren, señores? Pidan ustedes.
Tambaleándose, descubierto y con los cabellos revueltos, Guskov salió de la tienda. Abriendo la pelliza y metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones grises, se detuvo en la puerta. Aunque él estaba bañado por la luz y yo en la oscuridad, temà que me viera y, procurando no hacer ruido, proseguà mi camino.