Cuentos populares
Cuentos populares No se veía una línea íntegra, un color definido ni un momento igual a otro en el lago, en las montañas, ni en el cielo. Por doquier había movimiento, asimetría, formas fantásticas, infinitas combinaciones y gran diversidad de sombras y líneas; pero por doquiera, reinaban la paz, la armonía, la unidad y la belleza. Y ahí, en medio de esa belleza ilimitada, enigmática y libre, ante mi misma ventana, aparecían los tilos, absurdos y artificiales, con sus rodrigones, los bancos verdes y la blanca barandilla del muelle, obras humanas, pobres y triviales, que no armonizaban —como las lejanas villas y las ruinas— con la hermosura del paisaje, sino que lo turbaban groseramente. A pesar mío, mi vista tropezaba sin cesar con la horrible línea recta del muelle; quería aceptarla, aniquilarla, lo mismo que si se tratara de una mota negra en la nariz, junto a un ojos. Pero el muelle, con los ingleses que paseaban, seguía en el mismo sitio. Traté de hallar un punto de mira desde donde no lo distinguiera. Aprendí a mirar así; y contemplé aquel paisaje hasta la hora de cenar, invadido por ese sentimiento incompleto, aunque no por eso menos dulce, que se experimenta, cuando uno está solo, al admirar la naturaleza.