Cuentos populares

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Caminaba por el muelle hacia el Schweizerhof cuando, de pronto, me llamaron la atención unos sonidos extraños, aunque dulces y agradables. Esa música me reanimó instantáneamente. Era como si se hubiese infiltrado en mi alma una luz alegre y radiante. Me sentí a gusto. Mi atención, que había estado adormecida, se fijó de nuevo en los objetos circundantes. La belleza de la noche y del lago, hacia la que momentos antes me había sentido indiferente, me sorprendió, como una novedad. En el acto reparé en el cielo sombrío, cruzado por grises nubes e iluminando por la luna naciente; en el lago verde oscuro, en cuya superficie lisa se reflejaban miles de lucecillas; en las montañas de la lejanía, cubiertas de bruma; en el croar de las ranas de Freshenburg, y en el canto de las codornices, que llegaba desde la otra orilla. Delante de mí —en el lugar desde el cual se oía la música y que atraía principalmente mi atención— divisé, en la penumbra, en medio de la calle, un grupo de personas en compacto semicírculo; y, a cierta distancia, un hombrecillo vestido de negro. Más allá se recortaban, elegantemente, en el cielo oscuro, las verjas negras de unos jardines y, a ambos lados de la vieja catedral, erguíanse, majestuosas, las dos austeras flechas de sus torres.




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