Cuentos populares
Cuentos populares Repentinamente, todas las impresiones involuntarias y confusas adquirieron significado y encanto para mí. Era como si se hubiera abierto en mi alma una flor lozana y perfumada. En lugar del cansancio y de la indiferencia que había sentido momentos antes por todo lo existente, experimenté, de pronto, la necesidad de amar y una inmotivada alegría de vivir. «¿Qué más puedo desear?», me dije. «La belleza y la poesía me rodean. Debo disfrutar de ellas hasta donde me alcancen las fuerzas. ¿Qué más puedo pedir? Todo esto es mío, todo el bien…».
Me acerqué más. El hombrecillo debía de ser un tirolés vagabundo. Estaba ante las ventanas del hotel, con un pie hacia delante y la cabeza levantada, rasgueando en las cuerdas de la guitarra y cantando en diferentes tesituras. Inmediatamente, sentí ternura y agradecimiento hacia aquel hombre, por la transformación que había provocado en mí.