Cuentos populares

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Pude distinguir que iba vestido con una vieja levita negra, que tenía los cabellos negros y que se cubría con una sencilla gorra. Su indumentaria no tenía nada de artística; su postura y sus movimientos traviesos, alegres e infantiles, y su pequeña estatura, le daban un aspecto lastimoso y divertido al mismo tiempo. En las ventanas y en los balcones del hotel, magníficamente iluminados, se veían damas con elegantes trajes de anchas faldas y caballeros que lucían blanquísimos cuellos. Junto a la puerta estaban el portero y los criados, con sus libreas de galones dorados. En medio de semicírculo que formaban la gente y algo más lejos, en el paseo, bajo los tilos, se habían reunido los camareros del hotel, con sus flamantes trajes, los cocineros con sus gorras y sus chaquetas blancas, algunas muchachas, que permanecían abrazadas, y paseantes. Sin duda todos experimentaban el mismo sentimiento que yo, todos estaban callados escuchando atentamente al hombrecillo.

Reinaba el silencio; sólo a ratos se oían, a lo lejos, los golpes uniformes de un martillo, que transmitía el agua; el croar de las ranas desde Freshenburg, y el monótono canto de las codornices.




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