Cuentos populares
Cuentos populares Lo mismo que un ruiseñor, el hombrecillo cantaba en la oscuridad, copla tras copla y canción tras canción. A pesar de que ya había llegado junto a él, su canto seguía pareciéndome delicioso. Su voz no era potente, pero sí muy agradable; eran extraordinarios, el gusto y la delicadeza con la que emitía; revelaban un talento natural. Modificaba cada estribillo; y era evidente que esos graciosos cambios eran improvisados. A ratos se oía un murmullo de aprobación entre los que estaban en el paseo o los que se asomaban a las ventanas. Cada vez era mayor el número de caballeros y damas elegantes que aparecían en el Schweizerhof. Los paseantes se detenían en el muelle; había por doquier, al pie de los tilos, grupitos de hombres y mujeres. Junto a mí, y algo separado de la gente, se hallaban un lacayo y un cocinero de casas aristocráticas. Ambos fumaban cigarros. El cocinero sentía vivamente el encanto de la música. A cada nota de falsete, movía la cabeza, entusiasmado; y empujaba al lacayo con el codo, con una expresión que quería decir: «¡Qué bien canta! ¿Eh?». El lacayo, cuya sonrisa daba a entender todo lo que disfrutaba, se limitaba a encogerse de hombros, con lo cual quería significar que a él era difícil asombrarle, pues había oído cantar mejor.
Aprovechando un momento en que el cantante se aclaraba la voz, pregunté al lacayo quién era y si solía ir por allá a menudo.