Cuentos populares
Cuentos populares Todos ellos parecían estar satisfechos; parecían gozar de comodidad y bienestar en este mundo; sus rostros y sus movimientos reflejaban una completa indiferencia hacia las demás vidas y una seguridad absoluta de que el portero los saludaría y se apartaría para dejarles paso; de que al volver, encontrarían una cama limpia y una habitación tranquila; de que todo esto tenía que ser así, porque tenían ese derecho. De pronto, los comparé, involuntariamente, con el cantor cansado y, tal vez, hambriento, que en aquel momento huía de la gente que se burlaba de él; y comprendí lo que me atenazaba el corazón, sintiendo una ira indescriptible contra aquella gente. Pasé dos veces junto al inglés, encontrando gran placer en no dejarle paso y en empujarle con el codo. Luego, bajé la escalinata y corrí a la ciudad, siguiendo la misma dirección que el hombrecillo.
Alcancé a un grupo de tres personas y les pregunté dónde estaba el cantor; entre risas, me indicaron que iba delante. Avanzaba a grandes pasos y, según me pareció, murmuraba algo entre dientes. Acercándome a él, le propuse que viniera a beber una botella de vino. Siguió andando presurosamente y se volvió hacia mí, con gesto descontento; pero al comprender de lo que se trataba, se detuvo.