Cuentos populares

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Mis palabras no produjeron el efecto que yo esperaba. Ni siquiera se la había ocurrido al hombrecillo indignarse contra aquella gente; al contrario, vio en mi observación un reproche a su talento, que no había sido digno de recompensa, y procuró justificarse.

—No siempre se recoge mucho. A veces, está uno cansado y pierde la voz. Hoy he andado durante nueve horas y he cantado casi todo el día. Es difícil cantar en estas condiciones. Además, los grandes señores, los aristócratas, no tienen ganas de oír canciones tirolesas.

—Sin embargo ¿cómo es posible no dar nada? —repetí.

No comprendió mi observación.

—No es eso —dijo—. Lo principal es que aquí on est trè serré par la Police (se está muy vigilado por la policía). Las leyes de la República no nos permiten cantar. No es como en Italia, donde uno puede ir por donde le plazca, sin que nadie le diga una palabra. Aquí dan permiso para cantar, si quieren, pero lo mismo pueden meterle a uno en la cárcel.

—¿Cómo? ¿Es posible?

—Sí. Si le llaman a uno la atención y vuelve a cantar, se expone a que lo encierren. Yo estuve tres meses en la cárcel —dijo sonriendo, como si se tratara de un recuerdo agradable.

—¡Oh! Esto es horrible. ¿Por qué?


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