Cuentos populares
Cuentos populares El camarero no me entendía; mi discurso en alemán había sido inútil. El insolente portero quiso salir en defensa del camarero; pero lo increpé con tal dureza, que fingió no comprender tampoco, y se limitó a hacer un gesto con la mano. Fuese porque la criada había notado mi excitación y temía que se armara un escándalo, fuese porque participara de mi opinión, se puso de mi lado, y trató de arreglar las cosas. Suplicó al portero que se callara y quiso tranquilizarme. «Derr Herr Hat Recht. Sie haben Rect» (el señor tiene razón; tiene usted razón, repetía). El hombrecillo tenía un aspecto lastimoso. Muy asustado y sin comprender mi acaloramiento ni lo que quería, me rogó que nos fuéramos cuanto antes. Pero la ira provocaba en mí cada vez mayor necesidad de hablar. Recordé a la muchedumbre que se había reído del cantante, a los que le habían escuchado sin darle nada; y no quise calmarme por nada del mundo. Si el portero y los camareros se hubiesen mostrado menos conciliadores, sin duda me hubiera pegado con ellos o hubiera asestado un bastonazo en la cabeza a alguna señorita inglesa. Si en aquel momento me hubiera encontrado en Sebastopol, seguido que me habría arrojado con placer contra una trinchera enemiga para acuchillar a los ingleses.