Cuentos populares
Cuentos populares A pesar de los consejos de la criada y de los ruegos del cantante de que nos fuéramos a acostar, exigí que llamaran al maître d’hôtel y me dirigí a la otra sala, acompañado del hombrecillo. Viéndome tan demudado, el maître d’hôtel no se molestó en discutir. Con una cortesía despectiva, dijo que podía ir donde quisiera. No me fue posible demostrar al portero que había mentido, porque desapareció antes que entrásemos en la sala.
Estaba iluminado y en una de las mesas cenaba una pareja de ingleses. Aunque nos indicaron una mesa algo retirada, me instalé, con el cantor desaliñado, en una que estaba muy cerca de los ingleses, y ordené que nos trajeran la botella que no habíamos terminado.
Al principio, la pareja se sorprendió y luego miró con odio al hombrecillo, que se sentó junto a mí, más muerto que vivo. Después de cambiar unas palabras a media voz con su acompañante, la dama rechazó el plato y, produciendo rumor con su vestido de seda, se puso en pie; ambos abandonaron la sala. A través de la puerta de cristal vi que el inglés, muy irritado, decía algo a un camarero, señalando en nuestra dirección. El camarero asomó la cabeza por la puerta. Me figuré que vendrían a echarnos y me alegré de que, al fin, podría derramar sobre ellos mi indignación. Pero, afortunadamente, aunque entonces no me pareciera así, nos dejaron en paz.