Cuentos populares
Cuentos populares El hombrecillo, que antes se negara a beber, apuró con avidez lo que quedaba en la botella, con tal que nos fuéremos cuanto antes. Sin embargo, me agradeció con emoción, según creí, que lo hubiese obsequiado. Sus ojos tornáronse aún más húmedos y brillantes; y me dijo una frase de agradecimiento muy extraña y embrollada. Pero me gustó oírla. Venía a decir que los artistas serían felices si todo el mundo los respetase como yo, y que me deseaba toda clase de venturas.
Salimos al vestíbulo; allí estaban los camareros y mi enemigo, el portero, que, sin duda, se quejaba de mí. Todos me miraron como a un loco. Esperé a que el hombrecillo llegara hasta donde estaban; y, entonces, con todo el respeto que era capaz de expresar mi persona, me descubrí y le estreché la mano, uno de cuyos dedos estaba atrofiado. Los camareros simularon no verme. Sin embargo, uno de ellos se echó a reír con risa sardónica.