Cuentos populares
Cuentos populares «Qué extraño es el destino de la poesía», pensé, una vez que me hube serenado un poco. «Todos la aman y la buscan, es lo único que se desea en la vida; pero nadie reconoce su fuerza, nadie aprecia ese bien, el mejor del mundo, nadie estima ni siente gratitud por los que se lo dan a los hombres. Preguntad a cualquiera de los huéspedes del Schweizerhof cuál es el mejor bien del mundo, y todos, o el noventa y nueve por ciento, dirán, con expresión sardónica, que es el dinero. “Tal vez le desagrade esta opinión; tal vez no concuerde con sus elevadas ideas; pero ¿qué hacer si la vida humana está organizada de modo que el dinero es lo único que constituye la felicidad del hombre? No he podido impedir a mi inteligencia que vea el mundo tal y como es, o sea que vea la verdad», os contestarán. Tu espíritu es miserable, eres un ser despreciable que no sabe lo que necesita… «¿Por qué habéis abandonado vuestra patria, vuestras ocupaciones y negocios y os habéis reunido en esa pequeña ciudad de Suiza llamada Lucerna? ¿Por qué os habéis asomado a los balcones y habéis escuchado con respetuoso silencio las canciones del infeliz mendigo? Si hubiese cantado más, lo habríais seguido escuchando en silencio. ¿Acaso se os podría echar de vuestra patria y obligaros a reuniros en ese rinconcito de Lucerna, por dinero, así fuese por millones? ¿Se os podría obligar a permanecer inmóviles y callados en los balcones? ¡No! Tan sólo una cosa os obliga a proceder así y seguirá moviéndoos eternamente con mayor fuerza que los demás móviles; la necesidad de poesía que no reconocéis, pero que sentís y que sentiréis, mientras os quede algo de humano. La palabra “poesía» os parece ridícula, la pronunciáis en tono despectivo, admitís el amor a la poesía sólo en los niños y en las señoritas necias, y aún de ellos os reís; vosotros sólo necesitáis lo positivo. Pero los niños consideran la vida de un modo sensato; saben lo que se debe amar y lo que da la felicidad; a vosotros, en cambio, os ha pervertido la vida hasta el punto de que os burláis de lo único que amáis y buscáis solamente lo que aborrecéis y lo que hace vuestra desgracia. Estáis tan ofuscados, que no comprendéis vuestra obligación hacia vuestra obligación hacia el pobre tirolés, que os proporciona un placer puro; y, sin embargo, os figuráis que debéis humillaros ante un lord y sacrificar vuestra tranquilidad y vuestro bienestar sin oficio ni beneficio. ¡Qué absurdo! ¡Qué insensatez! Pero no es eso lo que más me llama la atención esta noche. Conozco perfectamente, estoy casi acostumbrado a que la gente ignore lo que le proporciona la felicidad y a que sea insensible respecto de los placeres poéticos, pues me encuentro a menudo con tales casos en la vida. Tampoco constituye nada nuevo para mí la grosera crueldad de la multitud; digan lo que digan los defensores del buen sentido del pueblo, éste no es sino la unión de seres humanos, desde luego; pero que se unen solamente por su lado animal y grosero; y lo único que expresan es la debilidad y crueldad de la naturaleza humana. Pero vosotros, hijos de una nación libre y humanitaria; vosotros, que sois cristianos; vosotros, que sois sencillamente hombres, ¿cómo habéis podido responder con frialdad y burla al placer puro que os ha proporcionado un pobre ser que pide? En vuestra patria hay asilos para pobres. No hay mendigos, no debe haberlos, ni debe existir el sentimiento de compasión sobre el que se basa la mendicidad. Pero el cantor ha trabajado, os ha proporcionado un placer, pidiéndoos que le dierais a cambio un poquito de lo que os sobra. Vosotros le habéis examinado con una sonrisa fría, como si se tratara de una rareza, desde vuestras lujosas habitaciones. Erais más de cien personas ricas y felices; pero ninguna se ha dignado echarle un solo céntimo. Y cuando se alejó, avergonzado de vosotros, el pueblo insensato no os persiguió y ofendió a vosotros, sino a él, porque os habíais mostrado fríos, crueles e indignos; porque le habíais robado el placer que os ofreciera.