Cuentos populares
Cuentos populares Los bellísimos ojos negros de la enferma seguían con ansia los movimientos de la criada. De pronto, se agarró del asiento con ambas manos e intentó incorporarse; pero sus fuerzas la traicionaban. Su boca se contrajo y se le desfiguró la cara con la expresión de una impotente ironía.
—Sí tú me ayudaras… pero no, gracias, no he menester de tu ayuda, ¡yo sola puedo hacerlo! Únicamente te suplico que no pongas detrás de mí ninguno de esos bultos… más vale que no los muevas si no sabes hacer nada.
Cerró los ojos por unos instantes, luego volvió a mover pesadamente los párpados y miró, furibunda, a la criada. Matriocha, muy confundida, se mordió los encendidos labios. La enferma exhaló un suspiro, un suspiro que terminó en un acceso de tos; se revolvía toda y luego permaneció largo rato oprimiéndose el pecho con las manos. Pasado el acceso, cerró nuevamente los ojos y continuó sentada, inmóvil.
Los dos carruajes, uno tras otro, entraron en una aldea. Matriocha sacó su mano rechoncha por debajo de la manteleta y se santiguó.
—¿Qué pasa? —inquirió la señora.
—¡Una posta, niña!
—Pero ¿por qué te persignas?
—¡Una iglesia, niña!