Cuentos populares
Cuentos populares La paciente se asomó por la portezuela, y comenzó a persignarse en silencio al ver la iglesia que en esos momentos rodeaba el coche.
Ambos carruajes se detuvieron de repente en la posta. Del primero descendió el marido de la dama enferma en compañía del médico, juntos se acercaron al coche en que venía la señora.
—Y, ¿cómo se siente usted? —preguntó el médico tomándole el pulso.
—¿Cómo estás, amiga mía; no te has cansado mucho? —inquirió el marido en francés, agregando—: ¿Quieres apearte?
Entretanto Matriocha, que temía interrumpir la conversación de los amos con su torpeza, se arrinconó tras de recoger todas las cajas y estuches de mano.
—Lo mismo de siempre… No me apearé —contestó desganadamente la dama.
El marido permaneció largo rato junto a la puertezuela, y se apartó luego rumbo a la venta.
Matriocha saltó entonces del coche, y corrió en las puntas de los pies, sobre el lodo, hacia el zaguán.