Cuentos populares
Cuentos populares —Pero mis males no son una razón para que ustedes se queden sin comer —dijo al doctor, que permanecÃa: aún cerca de ella, dejando asomar a sus labios una débil sonrisa. «Nadie se interesa por mû, pensó mientras el doctor se alejaba, y subÃa por la escalera que conducÃa a la fonda. «En sintiéndose bien ellos, todo lo demás les importa muy poco…».
—Bien, Eduardo Ivanovich —dijo el marido frotándose las manos, contento de encontrar al doctor—: He mandado que nos traigan algo que comer. ¿Qué le parece a usted?
—Sea —respondió el médico.
—Bueno, y ¿cómo sigue la enferma? —preguntó el marido suspirando.
—Ya lo habÃa dicho —replicó el médico— que no llegarÃa ni siquiera a Moscú, mucho menos a Italia, sobre todo con este tiempo.
—¡Qué haremos, Dios mÃo! —exclamó el marido llevándose la mano a la frente—. Ponlas por aquà —indicó en esto al camarero que entraba con las viandas.
—Más hubiera valido quedarnos —repuso el médico, encogiéndose los hombros.