Cuentos populares
Cuentos populares —Pero ¿qué podÃa yo hacer? —contestó el marido—. Hice cuanto era posible por impedir el viaje; alegué que tenÃa pocos recursos, que no podÃamos abandonar a los niños, ni mis negocios. Mi mujer no quiso oÃrme. Al contrario, seguÃa forjándose planes de nuestra vida en el extranjero, como su estuviera buena y sana. Decirle, por otra parte, el estado en que se hallaba, seria matarla.
—Y a fe que está perdida. Vassily Dmitriovich: es menester que usted lo sepa. No hay ser que pueda vivir sin pulmones; y tampoco son éstos cosa que retoñe. Es triste, dolorisÃsimo, pero ¿qué remedio?
Nuestro deber común consiste ahora en hacerle lo más soportable posible los dÃas que le quedan de vida. SerÃa bueno buscar un confesor en este pueblo…
—¡Ah, Dios mÃo! ¡Considere mi angustia al tener que recordar a mi esposa que debe expresar su postrera voluntad! No, ocurra lo que ocurra, no se lo diré, Ud. sabe, doctor, lo buena que es ella.
—Sin embargo, debe usted tratar de persuadirla para que se quede hasta el invierno —insistió el doctor sacudiendo significativamente la cabeza—. Pues de otro modo, puede suceder algo muy grave en el camino…