Cuentos populares
Cuentos populares —¡Axiucha, Axiucha, óyeme! —gritó con voz chillona la hija del encargado de la posta, quien al mismo tiempo hacía de alguacil. Y echándose el pañolón a la cabeza, insistió ruidosa—: Axiucha, vamos a ver a la señora de Shirkinsk.
Dicen que la llevan al extranjero y que está muy enferma del pecho. ¡Yo nunca he visto cómo se ponen los tísicos!
Axiucha salió a la puerta y, asidas ambas de las manos, corrieron hacia el zaguán. Aflojaron el paso al pasar cerca del coche, y atisbaron por la ventanilla, que estaba abierta. La enferma levantó la cara para mirarlas, y habiendo notado la curiosidad de las dos muchachas, hizo una mueca y se volvió al otro lado.
—¡Madre mía! —exclamó la hija del posadero, tras de volver precipitadamente la cara—. ¡Qué hermosa debe de haber sido, y en qué lamentable estado se halla ahora! ¡Infunde pavor! ¿Has visto, Axiucha?
—¡De veras, qué flaca está la pobre! —afirmó Axiucha—. ¿Vamos a verla otra vez? Fingiremos que vamos a la noria… ¡Qué lástima, Macha!
—¡Dios mío; pero cuánto lodo hay aquí! —exclamó Macha. Y las dos regresaron a toda prisa hacia el zaguán.
—Se ve que he de estar hecha un horror —reflexionó la enferma—. ¡Dios mío, haz que lleguemos al extranjero, que allí podrá quizá curarme rápidamente!