Cuentos populares

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Soñé que me decía: «Permíteme, Nastasia que te ayude» y yo le respondía. «Y, ¿cómo has de poder cortar leña, tío Fedor?». A pesar de todas mis súplicas le vi que cogía el hacha y que comenzó a trabajar con una rapidez asombrosa. En torno de él volaban las astillas, y de ver aquello me preguntaba azorada: «¡Pues no decían que estaba muy enfermo!». A lo cual él me respondía: «¡Nada de eso, me siento muy bien!». Y de nuevo levantaba el hacha y seguía partiendo leña con una rara habilidad. En eso estaba cuando lancé un grito y desperté.

—¡Tío Fedor, tío Fe… dor…!

Fedor no respondía.

—¡Se habrá muerto! ¡Vamos a ver! —dijo uno de los cocheros, La mano fría y exangüe colgaba cubierta de vello. El rostro estaba pálido, yerto.

—Hay que dar parte al inspector, ¡creo que está muerto! —anunció el cochero desde arriba.

El pobre cochero muerto no tenía parientes, y había venido de comarcas muy lejanas. Al día siguiente lo enterraron en el camposanto nuevo, detrás del bosque. Y por muchos días Nastasia no cesó de relatar a cuantas gentes pasaban por la fonda, su extraño sueño, y cómo fue ella la primera que pensó en el tío Fedor en los instantes de la muerte.


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