Cuentos populares
Cuentos populares —Que nuestro Señor Jesucristo sea con usted —decÃa el marido a la dama que lo acompañaba, a punto de abrir la puerta—. En nadie tiene tanta confianza como en usted; le habla usted siempre con tal dulzura. Vaya usted a persuadirla, querida prima.
Quiso él abrir la puerta; pero ella lo detuvo, se pasó varias veces el pañuelo por los ojos, y dijo:
—¡Supongo que ahora no se me conocerá que he llorado!
Abrió la puerta ella misma y penetró en la estancia de la moribunda.
El marido esperaba presa de una emoción indecible: perdidamente agobiado. Intentó acercarse adonde estaba la anciana; pero le faltó valor, desvió su camino y fue a pararse frente al cura. Éste levantó el rostro y suspiró. Su abundosa barba siguió el movimiento de los ojos y volvió a caer.
—¡Dios mÃo, Dios mÃo! —murmuró el marido—. ¿Qué haremos?
—¡Es irremediable! —repuso el cura, y al exhalar un suspiro su ceño y su barba blanca se elevaron y descendieron alternativamente.
—Y pensar que mamá se halla en ese estado de desolación. Es para ella un golpe de muerte.
Seguramente no resistirá. ¡La querÃa tanto! —Y hablando con el cura—. ¡Padre, consuélela usted!