Cuentos populares

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El sacerdote se levantó de su sitio y se acercó a la anciana diciendo: —Es evidente que nadie puede comprender la pena de una madre, lo confieso; mas con todo, hay que tener fe en la misericordia de Dios.

Al oír estas palabras, el rostro de la anciana se contrajo en un ataque nervioso que la dejó postrada por algunos instantes.

—¡Dios es misericordioso! —siguió el cura predicando en cuanto la anciana comenzaba a recobrar los sentidos—. Habrá de saber usted que en mi parroquia hubo una vez una enferma, seguramente mucho más grave que María Dmitrievna. Pues bien, un simple burgués la curó en pocos días con un cocimiento de yerbas. Ese curandero habita actualmente en Moscú. Yo le decía a Vassily Dmitriovich que podía llamarlo, aunque no fuera más que para proporcionar a la enferma un consuelo. Para Dios todo es posible.

—No, mi hija no podrá vivir más: ¡Dios ha dispuesto, sin duda, llamarla en mi lugar! —dijo la anciana, y de nuevo perdió los sentidos.

El marido se cubrió el rostro con las manos y huyó de la habitación. En el corredor, a los primeros pasos, topóse con el primogénito, de seis años, que a todo correr perseguía a su hermanita menor.

—¡Cómo! —repuso la criada—, ¿no quiere usted mandar a los niños a que vean a la señora?

—No, no quiere verlos, ello podría emocionarla.


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