Cuentos populares

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El diácono seguía leyendo rítmicamente, sin comprender palabra de la lectura. Su voz resonaba con extraña sonoridad en la espaciosa sala callada.

De vez en cuando se oían procedentes de alguna pieza contigua voces de niños y ruido de pasos. El diácono seguía salmodiando: —«Oculta tu faz en el polvo, retén tu aliento, porque ellos serán turbados, ellos desfallecerán y volverán al polvo».

«Pero si Tú rechazas su espíritu, serán creados de nuevo y renovarás la faz de la tierra».

«Que la gloria del Eterno sea por siempre celebrada».

El rostro de la muerta estaba grave y majestuoso.

Ni la frente pura, ni en los labios herméticos, se notaba el más leve movimiento: era un cuerpo en perpetua expectación.

¿Comprendería ahora al menos la grandeza de estas palabras?

Un mes después, se elevaba sobre la tumba de la difunta una capilla con altar de madera preciosa, ricamente tallado. En la del cochero, un montón de tierra, cubierto ya de césped y malezas, era la única señal de una existencia que pasó.


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