Cuentos populares

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—Cuántas veces te he dicho que esos doctores no saben nada; existen simples curanderos que suelen hacer milagros, curar a las gentes. El señor cura conoce un burgués. ¿Por qué no mandas buscarle?

—Pero ¿cómo se llama, amiga mía?

—¡Dios mío, nunca quiere comprender! —dijo la enferma y al decirlo se extendió en el lecho y cerró los ojos. El médico, al notario, se acercó y le tomó el pulso, cada vez más débil, guiñó un ojo al marido.

La enferma notó el gesto y volvió la cara con espanto. La prima se puso también a llorar.

—¡No llores! —dijo la paciente—, ¡no ves que sufres y a la vez aumentas mi congoja! ¿O quieres, por ventura, robarme lo que me queda de calma?

—¡Eres un ángel, eres un ángel! —repetía la prima.

Aquella misma tarde la enferma era sólo un cadáver, tendida en su lecho mortuorio, en medio de la vasta sala de la residencia señorial. Adentro, con las puertas cerradas, un diácono leía con voz nasal, monótona, los salmos de David. La luz viva de los cirios en los altos candeleros de plata caía sobre la fuente pálida de la muerta, sobre las manos pesadas que parecían de cera, y sobre los pliegues tiesos de la sobrecama; particularmente en las partes salientes donde se ocultaban los pies y las rodillas.


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