Cuentos populares

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Sucedió que, a los setenta años, se vio precisado a vender sus chubas, sus tapices, sus sillas de montar, sus kibitkas, y vendió también hasta su última cabeza de ganado. De modo que, sin advertirlo, no le quedó nada.

Y tuvo que irse con su mujer, en la vejez, a servir a los demás.

Sólo tenía en el mundo los vestidos que llevaba puestos, un bastón, un par de zapatos, un gorro, y su mujer, Scham-Schemaghi, tan anciana como él. Su hijo se había ido a países lejanos; su hija había muerto: a nadie tenían para ayudarlos.

Su vecino, Mukhamed-Schah, de regular posición, hacía la vida uniforme de un buen hombre. Recordó la bondad de Ilia, se compadeció de él y le dijo:

—Ven a vivir a mi casa con tu mujer. En verano, harás jornales para mí; en invierno te cuidarás de dar la comida al ganado y Scham-Schemaghi ordeñará las yeguas y hará kumiss. Yo os alimentaré, os vestiré a los dos y no dejaré que os falte nada.

Ilia dio las gracias a su vecino y se fue con su mujer a servir a Mukhamed-Schah.

Al principio, su nueva vida les pareció dura. Luego se acostumbraron y trabajaron según sus fuerzas.


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