Cuentos populares
Cuentos populares —¡Qué fácil es hablar! ¿Dónde quieres que vaya ahora?… Mi mujer ha muerto, probablemente; y mis hijos me habrán olvidado… No tengo adónde ir…
Sin cambiar de postura, Makar Semionovich golpeaba el suelo con la cabeza repitiendo:
—Iván Dimitrievich, perdóname. Me fue más fácil soportar los azotes, cuando me pegaron, que mirarte en este momento. Por si es poco, te apiadaste de mà y no me has delatado. ¡Perdóname en nombre de Cristo! Perdóname a mÃ, que soy un malhechor.
Makar Semionovich se echó a llorar. Al oÃr sus sollozos también Aksenov se deshizo en lágrimas.
—Dios te perdonará; tal vez yo sea cien veces peor que tú —dijo.
Repentinamente un gran bienestar invadió su alma. Dejó de añorar su casa. Ya no sentÃa deseos de salir de la prisión; sólo esperaba que llegase su último momento.
Makar Semionovich no hizo caso a Aksenov y confesó su crimen. Pero cuando llegó la orden de libertad, Aksenov habÃa muerto ya.