Cuentos populares
Cuentos populares El arzobispo enfocó el largavista en la dirección señalada, y vio, efectivamente, tres hombres: uno muy alto, otro más bajo y el tercero muy pequeño. Estaban de pie, junto a la orilla, tomados de la mano.
—Aquà debemos anclar el buque —dijo el capitán al arzobispo—. Su IlustrÃsima debe embarcar en el bote. Nosotros lo esperaremos.
Echaron el ancla, recogieron las velas y el barco empezó a cabecear. Botaron la canoa, saltaron a ella los remeros y el arzobispo descendió por la escala.
Se sentó en un banco de popa y los marinos remaron en dirección del islote. Pronto llegaron a tiro de piedra. Se distinguÃa perfectamente a los tres staretzi: uno muy alto casi desnudo, salvo por un trozo de tela ceñido a la cintura y hecho de fibras entrelazadas; otro más bajo, con un capote harapiento, y por último el más viejo, encorvado y vestido con sotana. Estaban los tres tomados de la mano.
Llegó el bote a la orilla, saltó a tierra el arzobispo y bendiciendo a los staretzi, que se deshacÃan en reverencias, les habló asÃ: —He sabido que trabajan aquà por la eterna salvación de vuestra alma, amados staretzi, y que rezáis a Cristo por el prójimo. Yo, indigno servidor del AltÃsimo, he sido llamado por su gracia para apacentar sus ovejas. Y puesto que servÃs al Señor, he querido visitaros para traeros la palabra divina.