Cuentos populares

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—Bueno, haz lo que quieras. De sobra conozco tu testarudez.

—No te enfades, querido papá. Te prometo que voy a ser muy juiciosa. Además, Alek no se apartará de mí ni un momento.

Por extraño e insensato que le pareciera ese proyecto, el príncipe no pudo menos que acceder.

—¡Claro que sí! —replicó a la pregunta de si podía llevarse el coche—. Pero cuando llegues a la Jodynka, me lo mandas.

—Muy bien, conforme.

La muchacha se acercó a su padre, que la bendijo, siguiendo su costumbre; le besó la mano, blanca y grande, y se fue.

* * *

Aquella noche, en el piso que María Yakovlevna alquilaba a los obreros de una fábrica de cigarrillos, se hablaba también de la fiesta del día siguiente. Emilian Yagodnyi se ponía de acuerdo con unos compañeros, que habían ido a verle a su habitación, respecto de la hora en que saldrían.

—Casi no merece la pena acostarse. No vaya a ser que no nos despertemos a tiempo —dijo Yasha, un muchacho muy alegre, que ocupaba el cuarto contiguo.

—¿Por qué no echar un sueñecito? —replicó Emilian—. Saldremos en cuanto amanezca. En eso hemos quedado con los compañeros.


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