Cuentos populares
Cuentos populares —Bueno, pues ¡a dormir se ha dicho! Pero tú, Emilian, no dejes de llamarnos.
Yagodnyi prometió que así lo haría; y, después de sacar del cajón de la mesa una bobina de seda, acercó la lámpara y se puso a coser un botón de su abrigo de verano. Una vez que hubo acabado, preparó sus mejores ropas sobre el banco, se limpió las botas, rezó el Padrenuestro y el Avemaría, oraciones cuyo significado no entendía y nunca le había interesado; y, después de descalzarse y quitarse los pantalones, se acostó en la chirriante cama, de colchón apelmazado.
«A veces, la gente tiene suerte —se dijo—. A lo mejor, me toca un billete de lotería —corrían rumores de que, además de otros regalos, repartirían billetes de lotería—. No espero diez mil rublos, como es natural; me conformaría con quinientos. ¡Podría hacer tantas cosas! Mandaría dinero a los viejos y quitaría de trabajar a mi mujer. Porque eso de estar siempre separados no es vivir… Compraría un buen reloj. Me encargaría una pelliza para mí y otra para ella. Y no que, así, no hago más que trabajar y no veo el modo de salir de apuros».