Cuentos populares
Cuentos populares —Este hombre me ha salvado —dijo—. Si no hubiese sido por él, no sé lo que me habrÃa sucedido. ¿Cómo se llama usted? —preguntó, dirigiéndose a Emilian.
—¡Qué importa!
—Es una princesa —murmuró una mujer—. Una princesa muy rica.
—Venga a ver a mi padre. Le recompensará.
Repentinamente Emilian tuvo la impresión de que una fuerza misteriosa invadÃa su alma; y se sintió incapaz de cambiarla ni siquiera por un billete de loterÃa de doscientos rublos.
—¡EstarÃa bueno! Nada de eso, señorita. Váyase tranquila. No tiene por qué recompensarme.
—No, no; no puedo irme asÃ.
—Vaya con Dios, señorita; pero no se lleve mi abrigo.
Y Emilian sonrió, dejando al descubierto una hilera de dientes blancos. El recuerdo de esa alegre sonrisa sirvió de consuelo a Rina en los momentos más difÃciles de su vida.
Emilian, por su parte, experimentaba un sentimiento de regocijo, que parecÃa transportarlo a otro mundo, cada vez que recordaba el campo de Jodynka, a Rina y la conversación que sostuvo con ella.