Cuentos populares
Cuentos populares —Esperaba recuperarme —sacó la pitillera y empezó a fumar con avidez—. Desde luego, soy un canalla. No te merezco. Abandóname. Perdóname, por última vez. Me marcharé. Desapareceré, Katia. No he podido evitarlo; me ha sido imposible. Estaba como en sueños; fue sin querer… —frunció el ceño—. ¿Qué hacer? Estoy perdido. Perdóname.
Quiso abrazarla, pero ella se apartó en actitud enojada.
—¡Oh! Son dignos de compasión los hombres. Cuando las cosas van bien, se envalentonan; pero en cuanto algo no marcha, ya están sumidos en la desesperación y no sirven para nada —se sentó al otro lado del tocador—. Cuéntamelo todo, por orden.
El marido obedeció. Dijo que cuando iba a llevar el dinero al banco, se habÃa encontrado con Nekrasov. Éste le propuso que fuera a su casa, a jugar una partida. Asà lo hicieron; perdió todo el dinero; y en aquel momento estaba decidido a poner fin a su vida. A pesar de sus afirmaciones, la esposa comprendió que no habÃa decidido nada: estaba desesperado sencillamente. Escuchó su relato hasta el final y dijo:
—Todo esto es una estupidez, una infamia. ¿Cómo has podido perder el dinero sin querer? Es absurdo.
—RÃñeme y haz lo que quieras conmigo.