Cuentos populares
Cuentos populares ¿A qué venía aquella actitud inexplicable? ¿Era posible? ¡No era la misma mujer! Traté de calmarla y me estrellé contra una frialdad y una amargura tales que en un momento perdí mi sangre fría y nuestra conversación degeneró en disputa.
La impresión que me produjo este primer disentimiento fue terrible, ya que era la revelación del abismo que nos separaba. La satisfacción de los deseos de los sentidos mató nuestras ilusiones, y en realidad nos encontrábamos cara a cara como dos egoístas que tratan de obtener todo lo posible el uno del otro; como dos personas que no ven la una en la otra más que un instrumento de placer. Ese disentimiento fue nuestra constante, que se manifestó en cuanto quedaron saciados nuestros sentidos, si bien no comprendí en seguida que esa frialdad y esa hostilidad fuesen en adelante nuestro estado normal, porque no tardaron en adormecerse al despertarse nuestra voluptuosidad. Creí que se trataba de una disputilla que, una vez aplacada, no se reproduciría; pero durante la luna de miel se presentó otro nuevo período de saciedad, y con éste, como no nos necesitábamos el uno al otro, una segunda pelea que me asombró mucho más que la primera. ¿No habría sido ésta producto de la casualidad o de un malentendido? ¿O era inevitable, fatal?