Cuentos populares
Cuentos populares Me asombré tanto más cuanto que la causa fue muy insignificante. Tuvo origen en una cuestión de dinero. No era avaro, y mucho menos tratándose de mi mujer. Recuerdo únicamente que tomó muy a mal una de mis constantes observaciones, y que imaginó estaba hecha con el propósito deliberado de dominarla por el dinero, única cosa que me hacía superior a ella, lo cual era estúpido y ridículo dado su carácter y el mío. Me incomodé y le eché en cara su falta de tacto. Como respuesta recibí algunos reproches, y empezó otra vez la disputa. En su rostro, lo mismo que en su mirada y en su lenguaje, se reveló otra vez aquel odio que tanto me había sorprendido. Antes de que me ocurriese esto había tenido discusiones con mis amigos, con mis hermanos y hasta con mi padre, y jamás observé en ellos esa expresión rencorosa que tanto me sorprendió. Pronto, sin embargo, ese rencor se ocultó tras los caprichos de nuestra voluptuosidad, y me consolé diciéndome que eran malentendidos que no tendrían consecuencias irreparables.