Cuentos populares
Cuentos populares Sobrevinieron una tercera, una cuarta disputa y hube de reconocer que no se debían a malentendidos, sino que eran producto de una situación fatal, permanente. Me fui acostumbrando a esas escenas, y me pregunté por qué había de llevar yo, que me había casado tan esperanzado, una vida tan deplorable con mi mujer. En aquellos momentos ignoraba que lo mismo sucede en todos los matrimonios, que todos pensaban lo mismo que yo, que esa desdicha era general y que todos se la ocultaban a los demás, del mismo modo que se la disimulaban a sí mismos.
Después de haber empezado así, la situación fue empeorando de día en día, agravándose cada vez más. Durante las primeras semanas ya comprendía en mi fuero interno cuál era la desgracia que sobre mí pesaba, y que no era en verdad lo que yo esperaba. Comprendí entonces que el matrimonio, en vez de ser una dicha, es una carga muy pesada; pero, obrando como todos, me lo oculté a mí mismo y a los demás, y sin el desenlace que sobrevino seguiría ocultándomelo todavía. Lo que ahora me choca es que no haya acertado a explicarme en tanto tiempo la verdad acerca de mi situación, pues debería haberlo comprendido al apreciar la futilidad de los motivos que daban origen a semejantes rencillas, y de los que nos acordábamos una vez apaciguada la querella.