Cuentos populares
Cuentos populares Volviendo al asunto del que nos ocupábamos: debo decir que mi mujer crió muy bien a sus hijos, y que éstos sirvieron para calmar los sufrimientos que me ocasionaban mis celos; pero ¡ay! fueron la causa de nuevos trastornos. Puede, sin embargo, que fuera providencial, porque la catástrofe se retrasó: los hijos nos salvaron durante algún tiempo. Durante ocho años mi mujer tuvo cinco hijos, a los que ella misma crió.
—¿Y dónde están ahora vuestros hijos? —le pregunté—. Quiero decir…
—¡Los hijos! —exclamó, y su mirada centelleó.
—Dispénseme, pues tal vez he evocado recuerdos dolorosos.
—No, nada de eso. La familia de mi esposa se hizo cargo de ellos. Les habrÃa cedido toda mi fortuna con tal de que me permitieran educar a mis hijos, pero como paso por loco, se negaron a entregármelos. Es una desdicha, porque yo los habrÃa educado a mi gusto… Aunque después de todo, quizá vale más que sea asÃ, porque yo no sirvo para nada.